sábado, mayo 19, 2012

El hijo del camionero

En Chile un profesor universitario de una escuela de arquitectura, de la cual además era Decano, sostuvo en una entrevista que, dado su origen social, sus alumnos no tienen la capacidad intelectual suficiente y carecen de “sofisticación". Señaló además, para justificar sus afirmaciones, que incluso uno de ellos "es hijo de un camionero". Paradojalmente, pocos días antes se había aprobado una ley antidiscriminación. El profesor fue despedido por sus afirmaciones.

En alguna oportunidad Julio Olalla, un maestro del coaching (The Newfield Network) nos formuló una pregunta: "¿Qué ocurriría si en vez de medirnos por las respuestas nos evaluaran por las preguntas que seamos capaces de hacernos?" La propuesta me impactó y comencé a trabajarla con mis alumnos en diversas universidades en las que soy profesor. Fuimos descubriendo que desde las preguntas se generan otras miradas, otras conversaciones y aparecen emociones que antes no surgían. Construir preguntas es muy diferente a tener que aprender de memoria algunas respuestas encontradas en libros o a repetir las opiniones del profesor. Tenemos demasiadas respuestas y pocas preguntas.




Cuando los alumnos generan preguntas inauguran otros mundos, abren múltiples posibilidades, transforman al Observador que son y eso les permite experimentar un proceso de reflexión y búsqueda que potencia su capacidad de aprendizaje. El eje cambia radicalmente: no hay profesores que enseñan sino alumnos que aprenden, lo que viene a ser la finalidad central del proceso educativo.

Esta opción permite que los estudiantes adquieran competencias de aprendizaje que les van a servir para toda la vida. Se me viene a la memoria una de las obras del educador brasileño Paulo Freire que se llama "La educación como práctica de la libertad".

En el mundo líquido y veloz en que vivimos (Zygmunt Baunman) muchas respuestas tienen corta duración y lo “sofisticado” en algunas ocasiones está más relacionado con el ego del profesor que con la disposición de estar al servicio del estudiante. Y, lo que es mucho más importante, en el contexto del viaje que inauguran las preguntas el hijo del camionero tiene la misma dignidad que el hijo del profesional o del empresario.

El señor que maneja camiones alguna vez soñó que su hijo podría llegar a ser un profesional, creyó que era cierto que en Chile somos todos iguales y entre viaje y viaje ahorró para que su hijo ingresara a la universidad. Seguramente había llegado a convencerse de lo que señala nuestra constitución en el artículo primero: "Las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos."

El hijo de este señor seguramente comenzó a observar el mundo de otro modo cuando logró entrar a la universidad y debe haber sentido un gran dolor cuando se enteró que su profesor estimaba que no tenía capacidad intelectual ni sofisticación.

En este contexto es útil recordar algunos hechos. Los padres del ex Presidente Luis Inacio Lula da Silva eran campesinos analfabetos y él un obrero metalúrgico. El padre de Neruda era trabajador en los diques de Talcahuano y ferroviario. El padre de García Márquez era telegrafista. El padre del destacado dramaturgo Juan Radrigán era mecánico y él fue vendedor, dependiente de tienda y envasador, entre otros.

El hijo del camionero tiene todo el derecho a sentirse orgulloso de sí mismo y de su padre.

(Augusto Góngora, Coach Ontológico, The Newfield Network)

jueves, marzo 29, 2012

La batalla de las imágenes

En las semanas recientes hubo un debate sobre las imágenes que mostraban los noticiarios de TV al inicio de la información del movimiento social en Aysén. En el titular visual ¿debían mostrarse las imágenes del bloqueo de caminos o las de las manifestaciones pacíficas de la multitud? Lo mismo ocurrió el año pasado con el movimiento estudiantil: ¿el titular visual debía centrarse en los desórdenes provocados por los encapuchados o en las marchas pacíficas de los estudiantes? El tema no es menor porque las imágenes que se seleccionan siempre responden a un modo subjetivo de presentar los acontecimientos.


La controversia en torno a las imágenes tiene una larga historia. El Antiguo Testamento señala No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra (Éxodo 20, 4-6). El destacado historiador del cine y ensayista Román Gubern señala en su libro Patologías de la imagen que esta especie de iconofobia pretendía ser una "protección contra la tentación idolátrica".

Este tema desató encendidos debates teológicos a lo largo de la historia y recién en el Concilio de Nicea del año 787 se legitimó la creación de imágenes. La decisión, sostiene Gubern, se justificó señalando que el honor rendido a la imagen alcanza al prototipo (translatio ad prototipum) y aquel que se inclina ante el ícono lo hace ante la divinidad. El que un Concilio tuviera que hacerse cargo del tema de las imágenes evidencia la importancia de ellas en el terreno del poder y de la construcción simbólica.

En una exposición sobre las representaciones de Jesús realizada hace varios años en Alemania los organizadores señalaron que, con el paso de los siglos, resultaba evidente que la representación de Jesús se fue europeizando, su piel fue más clara y sus cabellos ondulados y castaños o rubios.

En el cine también se han visto representaciones de Cristo muy distintas según quien las haya realizado. El cineasta Pier Paolo Passolini, en El evangelio según San Mateo (1964) y Franco Zeffirelli  en Jesús de Nazareth (1977) ponen en escena dos versiones muy distintas de Jesús.

Passolini, poeta, escritor y dramaturgo marxista, lo aborda en su dimensión histórica creando un personaje más humano que divino. Y esa mirada está reforzada con una película en blanco y negro y una estética realista. Un personaje terrenal, de este mundo.

Por su parte, Zeffirelli, un católico muy cercano al Vaticano, realiza una versión a todo color, con filtros en el lente para acentuar una imagen etérea, con un tratamiento cinematográfico que le otorga solemnidad y grandeza. Con una cámara que, más que filmarlo, lo contempla y lo venera.

Las imágenes se pueden convertir en un campo de batalla en donde se expresa una disputa de poder que tiene muchos siglos y permanece hasta hoy. La lucha por dominar el imaginario colectivo es intensa. No es casual que uno de los primeros objetivos de los vencedores de una revolución o una guerra sea derribar las estatuas y retratos del gobernante desalojado del poder.


Las imágenes no son neutras. Por el contrario, expresan diferentes visiones de la historia y del mundo que nos rodea. Así es que, atención, hay que ponerle mucho ojo a las imágenes.

viernes, febrero 24, 2012

Innovación, la fábrica de sueños

El invento del cine fue producto de una acumulación de descubrimientos que son consecuencia del progreso científico de una época más que del esfuerzo de una persona. Sin embargo, en ese proceso hubo emprendedores que fueron capaces de sintetizar hallazgos dispersos para desarrollar innovaciones relevantes.

Hacia fines del siglo 19 en Estados Unidos Edison fue el primero en impresionar imágenes en celuloide; los hermanos Lumiere en Francia fabricaron una cámara, que al mismo tiempo era proyectora, que les permitió registrar imágenes de la vida cotidiana y proyectarlas para públicos masivos. Y también aparece un tercer personaje, Georges Méliés, que crea lo que más tarde se llamó “la fábrica de sueños”, la industria del cine de ficción. Todos ellos eran emprendedores, pero cada uno vio lo que su capacidad de observación les permitía.
Georges Méliés, que asiste a la primera exhibición el 28 de diciembre de 1895, propone a los Lumiere comprarles la máquina cinematográfica pero ellos se niegan y le dicen que el aparato sólo iba a ser útil para fines científicos. Se equivocaron de manera rotunda.

Méliés, porfiado, fabrica su propia cámara y en 1902 realiza el film “Viaje a la Luna” dando un giro radical al lenguaje cinematográfico, inaugurando la posibilidad de narrar historias y generar mundos de ficción. Él venía del teatro, era mago y jugaba con el ilusionismo. Méliés era un observador diferente que pudo ver posibilidades que otros no vieron.

El emprendimiento y la innovación son procesos impulsados por la necesidad de generar cambios y ampliar las posibilidades de acción de personas, instituciones o empresas. Pero estos procesos se enfrentan con dificultades. Entre ellas, el miedo al cambio, a lo nuevo, a explorar territorios que se perciben como inciertos, etc. Pero las rutinas generan una falsa sensación de estabilidad y el “piloto automático”, esa entelequia que impide la aparición de nuevas ideas, termina imponiéndose. Desde allí la innovación se hace imposible y se bloquean los procesos de apertura. Lo grave del asunto es que se tiende a creer que mientras otros cambian, algunos se quedan estáticos. Pero el hecho es que cuando los demás cambian y se mueven los que se quedan estáticos en realidad retroceden.
A lo que es necesario tenerle miedo es al inmovilismo no al emprendimiento y la innovación. Zygmunt Bauman, un sociólogo, filósofo y ensayista polaco ha abordado el tema del “mundo líquido”. Sostiene que, para comprender al mundo actual, que se mueve a gran velocidad, es necesario poner el foco en los flujos más que en las estructuras.

Es necesario asumir que actualmente los diagnósticos tienen corta duración. En consecuencia, es fundamental desarrollar la capacidad de trabajar con diagnósticos dinámicos, que son los que tienen la capacidad de actualizarse de modo permanente para generar procesos de emprendimiento.
La innovación necesita impulsar procesos creativos permanentes que nos liberen de razonamientos burocráticos y estrechos. Eso nos permite entrar en un cierto estado de flujo que facilita la intuición, amplía la mirada, potencia la capacidad de explorar e instala la curiosidad y el asombro como valores esenciales para el emprendimiento.
El aporte de Méliés fue observar, imaginar y crear los mundos nuevos de la fábrica de sueños. De todo esto se puede concluir que en el mundo líquido actual el emprendimiento y la innovación no son una opción, son una necesidad para la sobrevivencia y el cambio.

Augusto Góngora, Coach Ontológico, The Newfield Network

lunes, febrero 06, 2012

¿Recordamos o inventamos?

Michelle Philpots, una británica de 47 años, se levanta cada día por la mañana, vive diversas experiencias y al día siguiente no recuerda nada. Así ocurre desde 1994. Cada 24 horas olvida todo. Se dice que en ocasiones a los políticos les ocurre algo similar, lo que ya es preocupante, pero no quiero ni pensar qué sucedería si todos los habitantes de un país olvidáramos todo. Me imagino que no existiría el país, que seríamos apenas un tropel desbocado, sin memoria, sin historia.

Lo cierto es que recordamos y narramos, pero el proceso de hacerlo tiene sus complejidades. Existen investigaciones que indican que cuando narramos un evento ocurrido con anterioridad nos basamos no en el hecho original sino en los recuerdos que tenemos acerca de él. En realidad, en el último de la serie de recuerdos que conservamos acerca de un evento. El periodista Jonah Lehrer, editor de diversas revistas de divulgación científica, cita a Proust cuando afirmaba que “los recuerdos son como las frases, es decir, cosas que nunca dejamos de cambiar. La memoria no es una biblioteca.”
Todo lo que recordamos es parte de nuestras narrativas. Vuelvo a citar a Rafael Echeverría: vivimos en un mundo de narrativas sobre el universo, sobre nuestro país, sobre cada uno de nosotros, etc. A estas últimas se les denomina “las narrativas del Yo” y se refieren a nuestra historia personal. Tienen varias fuentes: lo que nos contaron nuestros abuelos y padres, las ficciones, aquello que escuchamos a escondidas, las experiencias vividas, los secretos revelados, las pinceladas que logramos recordar de nuestra propia vida, etc.

Las narrativas son importantes porque constituyen parte del relato de lo que somos y nos proporcionan historia, identidad, visión de futuro, expectativas, etc. Las narrativas nos permiten ser como somos, nos dan seguridad y nos permiten ocupar un lugar en el mundo.
Pertenecemos a la única especie que produce narrativas y al mismo tiempo somos producto de ellas.
Deformamos los recuerdos, señala Lehrer, para que se adapten a nuestra narrativa personal y nuestro cerebro re elabora la experiencia sin que se lo pidamos. Los recuerdos son sólo versiones de lo que realmente sucedió.
Mi padre solía narrar con gracia anécdotas muy divertidas y mi madre siempre le hacía la misma advertencia: eso no puede haber ocurrido. Cierto, decía él, pero así es mucho más entretenido.

Augusto Góngora, Coach Ontológico, The Newfield Network

jueves, enero 19, 2012

La ceguera nos persigue

Cuando vamos al cine delegamos nuestra mirada se la cedemos al director de la película, quien convierte la cámara en los ojos del espectador. En una sala de cine somos voyeuristas, pero voyeuristas ciegos que miramos según los deseos y las fantasías de otro.

La ceguera nos persigue. Eso de que “el amor es ciego”, además de ser cierto, no vengamos con cuentos, sirve para evitarse uno que otro conflicto. O casi todos. Si no queremos enfrentar una situación compleja “miramos para el techo”, asunto que en Chile es una vieja tradición. Y cuando desde la inseguridad esquivamos tomar una decisión recurrimos al “vamos viendo”, lo que es una manera de no mirar lo que está pasando. Además no son pocas las veces en que damos “palos de ciego”.

Algunos mitos aportan lo suyo. Uno de los mitos sobre la ceguera de Tiresias se atribuye a que observó a la virginal diosa Atenea bañándose desnuda, por lo que fue severamente castigado. En “Ensayo sobre la ceguera” José Saramago sostiene que la ceguera es contagiosa y sugiere la necesidad de sacarnos las vendas, hacernos responsables y volver a mirar. Pero, ¿cómo somos cuando miramos?

Observamos aquello que denominamos la realidad pero, como señala Rafael Echeverría (“El observador y su mundo”), nuestras percepciones son selectivas y no vemos todo lo que está frente a nuestros ojos. Prestamos atención –dice- a algunos de los elementos de nuestro entorno según nuestras inquietudes y deseos. Hay cosas que vemos y otras que no vemos.  Nunca podremos saber qué es lo que “realmente” está allí.

Mientras más distinciones tenga el Observador que cada uno de nosotros somos podemos potenciar nuestra mirada y expandir nuestra capacidad de acción. La tecnología ha permitido que los canales de televisión tengan diariamente una información precisa de las audiencias: las distinciones de rating/ share vinculadas a estratos socioeconómicos, género y edades de quienes ven un programa, y de quienes no lo ven, proporciona información para diseñar acciones y, por ejemplo, orientar sus formatos y contenidos hacia las audiencias que quieren conquistar o intentar recuperar a las que algún día tuvieron.

Una mirada con distinciones pertinentes según qué se quiere observar potencia al Observador que somos, se trate de personas, organizaciones o empresas. En todo caso, hay que asumir que nuestra mirada, y la de los otros, es subjetiva y no necesariamente vemos lo mismo, razón por la cual habitamos en mundos interpretativos. Lo que no está nada de mal porque eso nos permite, y nos exige, vivir en el pluralismo y la tolerancia.

La mirada está inevitablemente determinada por la subjetividad de cada uno. Entonces, aquello que llamamos lo “real” finalmente es percibido y narrado de modo diferente según el Observador que somos. No sabemos cómo las cosas son sino cómo las observamos. Finalmente, señala Echeverría, “vivimos en un mundo en el que todos, de una u otra forma, somos ciegos.”  

Augusto Góngora, Coach Ontológico, The Newfield Network

viernes, enero 06, 2012

El (t)error

¿Cuál es la relación de ustedes con el error? Silencio. Díganme algo… ¿Cuál es la relación que han tenido con el error en su vida? De nuevo el silencio.

Algunos de mis alumnos de diversas universidades tienen instalado el error en el territorio de la penumbra, o derechamente en la clandestinidad. El error se oculta, incluso llega a instalarse como una característica personal. Algo así como “si cometo errores soy un error, no sirvo, no soy competente y en consecuencia lo oculto”.
 

Y entonces surge la parálisis, el miedo a explorar. Y en ese contexto repetir lo que ya existe se convierte en un lugar seguro y las posibilidades de innovar desaparecen.

A partir de esa constatación desarrollo un proceso de conversaciones para explorar la posibilidad de aceptar que el error es parte del proceso creativo. Einstein decía que el que nunca ha cometido un error no ha intentado nada nuevo.

Planteo también que no es sano ignorar el error, al contrario, hay que indagar, conocer su origen, su historia, en definitiva, vivir el proceso de comprenderlo. Entonces el error comienza a hablar, a decirnos cosas acerca de nosotros y cuando eso ocurre iniciamos un potente proceso de aprendizaje. Entonces, ya sin miedo, el proceso creativo se transforma en un flujo en el que aparece la racionalidad flexible, la intuición, el juego y el placer de explorar y probar.

Cuando eso ocurre se instala otro estado de ánimo y comienza una poderosa dinámica en la que el lenguaje, las emociones y el cuerpo comienzan a danzar entre sí. El proceso del cuerpo es relevante porque la tensión y la rigidez vienen del miedo y la creación necesita un cuerpo libre, flexible, alegre.

El problema que hay que superar es que, en las más diversas actividades cotidianas que desarrollamos, la descalificación al error, y a nosotros mismos, está instalado como un piloto automático que nos paraliza y nos encierra en el territorio del miedo y la auto descalificación.

En cambio, aceptar la posibilidad de equivocarnos y abordar el error como parte del proceso creativo lo convierte en un poderoso aliado para los procesos de innovación.

(Augusto Góngora, Coach Ontológico The Newfield Network.)

miércoles, octubre 12, 2011

Jobs, el aprendiz

Según Steve Jobs uno de los momentos claves de su vida fue cuando lo despidieron de Apple. Fue bueno, dijo, porque la pesadez de tener éxito fue reemplazada por la iluminación de ser nuevamente un aprendiz.


Esa opción fue clave en su vida. A diferencia de quien se declara experto, el aprendiz tiene un enorme espacio para crecer, para constituirse en un observador que amplía su mirada, y que de ese modo expande sus posibilidades de acción y de transformación del mundo.

El aprendiz explora, fluye desde la intuición, aprende a aprender. Sabemos cómo somos, como estamos siendo ahora, pero a veces ni siquiera nos imaginamos cómo podríamos llegar a ser si derrotamos a los enemigos del aprendizaje, que no son pocos: la incapacidad de admitir que no sabemos, confundir aprender con estar muy informado, perderle el amor a las preguntas, etc. (“Aprendiendo”, Aldo Calcagni, Newfield).


El aprendiz no viaja por una autopista que, como es su función, está predeterminada para ir, sin desvíos, de un punto a otro. El aprendiz, en cambio, construye un sendero, con avances y retrocesos, pero que tiene la ventaja crucial de que es el suyo y que le permite enfrentarse a sus miedos y construir su propio aprendizaje.

Ese niño que fue desechado por sus padres biológicos a los pocos días de haber nacido no sólo fue inteligente, talentoso, emprendedor e innovador. Además, tuvo el coraje de asumir que necesitaba aprender. Y seguramente a poco andar descubrió que el ser como somos nos permite transformar  nuestra manera de ser (Olalla y Echeverría).


Jobs hizo un viaje desde la pesadez del éxito hacia la iluminación, y la libertad, del aprendiz.

lunes, octubre 03, 2011

Los jóvenes y el desasosiego

Antes de los años cincuenta los jóvenes prácticamente no eran un grupo social reconocido con identidad propia y pasaban rápidamente de la adolescencia a la adultez. Eran percibidos apenas como el pasado de los adultos y mientras antes pensaran y actuaran como ellos mejor. No tenían un espacio y un rol reconocido, excepto cuando los mandaban a la guerra.

En los 60 y los 70 hubo un cambio radical. Los jóvenes se convirtieron en un grupo social activo, con identidad propia, con sueños y utopías. Salieron a la calle y ocuparon masivamente el espacio público para plantear sus aspiraciones. Los adultos se sintieron descolocados y los asociaron al desorden y los reprimieron.

Pero entonces el mundo cambió para siempre. Los jóvenes comenzaron un proceso de construcción de identidad, de expresión de sus demandas y la cultura joven salió a la calle y ocupó el espacio público como un territorio propio. El cine y la literatura de esos años tuvieron múltiples expresiones de ese movimiento, entre las más notables está el libro “Los ejércitos de la noche”, de Norman Mailer.

En días recientes diversas protestas de los jóvenes estadounidenses contra la crisis económica continúan en forma cada vez más masiva. Cuestionan la avaricia y la codicia, lo que parece estar en la base del descontento en diversos lugares del mundo.

Las manifestaciones de los jóvenes en Chile vienen de una matriz similar. Los culpan de provocar desórdenes, pero ellos perciben que el verdadero desorden tiene que ver con la pésima calidad de la educación pública que funciona como un mecanismo de discriminación. Los jóvenes están expresando una inquietud, un desasosiego. Perciben que el sistema se devora a sí mismo y de paso arrasa con la dignidad y los derechos de las personas.

Las movilizaciones tienen que ver con la voluntad de hacerse cargo de la crisis y con el planeta que van a heredar. Es una señal de madurez y generosidad. Es un modo responsable de habitar el planeta y de vivir.
Un dato central es que las demandas expresadas por los jóvenes son parte de un fenómeno que recorre el planeta y que se relaciona con el costo de la avaricia y la codicia. Los jóvenes están hablando del mundo en que vivimos, y hay que escucharlos.
Fernando Pessoa ya lo dijo en el "Libro del desasosiego":
"Creo que decir una cosa significa conservarle la virtud y despojarla del terror."
Al parecer, estamos frente a un umbral. Y los jóvenes lo quieren atravesar.

miércoles, setiembre 14, 2011

El poder de las conversaciones

"Una cosa era cierta Maestro, la negociación ha sido corta", dice Obi-Wan Kenobi, en el Episodio l de La guerra de las Galaxias que se titula “La amenaza fantasma”. Hay ocasiones en que hablamos mucho pero conversamos poco. Nos cuesta converger y parece que tenemos más a la mano el recurso autoritario de imponer. No conversar, especialmente cuando hay diferencias, se convierte en una amenaza fantasma que puede hacer explotar los conflictos.


En su libro “Ontología del lenguaje” Rafael Echeverría aborda el tema de “El poder de las conversaciones”. Allí distingue, entre otras, tres tipos de conversaciones necesarias cuando se produce un quiebre en cualquier ámbito de la vida.

Las “Conversaciones para coordinar acciones” suponen que los interlocutores comparten lo que hay que hacer y, en consecuencia, el foco está en definir las acciones a realizar para resolver un conflicto. Pero eso, como constatamos por estos días, no siempre ocurre. 

Ante estos casos, el autor propone recurrir a las “Conversaciones para coordinar posibles acciones”. En ese caso la tarea es explorar acciones para expandir las posibilidades que permitan hacerse cargo de un problema. También sabemos que esto a veces tampoco es viable.

Entonces Echeverría menciona una alternativa más básica: las “Conversaciones para coordinar posibles conversaciones” que se hagan cargo de las desconfianzas y construyan las garantías que los interlocutores necesitan.

Echeverría cita casos muy complejos de conversaciones cuando esta última es la única opción que va quedando, como las que se llevaron a cabo en Sudáfrica entre funcionarios del gobierno del presidente de Klerk y el equipo de Nelson Mandela. Las desconfianzas eran muchas y había que preparar el camino para que los líderes pudieran reunirse para abordar juntos sus divergencias y explorar las formas más efectivas para resolverlas de un modo en que ambas partes las consideraran aceptables.

Pero para conversar hay que escuchar, porque finalmente eso es lo que valida el hablar. En la discusión sobre la crisis de la educación en Chile se puede potenciar la capacidad de escuchar y, en ese contexto, la posibilidad de realizar un plebiscito para escuchar a los ciudadanos puede fortalecer la legitimidad de las decisiones que finalmente se adopten.

El punto central es construir confianzas. Es complicado que escuchar a los ciudadanos sea visto como una debilidad, porque en una democracia se trata más bien de una fortaleza. Los ciudadanos no pueden ser desterrados del debate público y reducidos sólo a la posibilidad de marcar una rayita en el voto cada cuatro años.